Noticia publicada el viernes 26 de octubre en el suplemento de HERALDO DE ARAGÓN ‘Aragón, un país de montañas’.

La víspera de Todos los Santos se levanta el velo que separa el inframundo del mundo terrenal y en ese resquicio temporal se las almas de los fallecidos ese año han de intentar pasar al otro mundo, o se quedarán en este penando. Esta tradición cristiana, asimilada de antiguos ritos celtas que también adoptaron los romanos, marca nuestra noche de ánimas y navegó con los emigrantes irlandeses a América donde acabó convertida en Halloween. Por eso, algunos elementos se comparten, como el de las calabazas. «La tradición de las calabazas es europea, en el Alto Aragón tiene raíces ancestrales», dice Pablo Calahorra, miembro de la Asociación O Coronazo de Radiquero, el lugar de Aragón donde mejor se ha conservado la tradición y donde todos los años para estas fechas ‘salen’ las almetas y totones, las ánimas que vagan y los guardianes que las reconducen hacia su descanso sepulcral. «Las calabazas se cortaban haciendo caras con una vela dentro para que las almetas creyesen que la casa estaba habitada por otra ánima y pasaban de largo», señala Calahorra.

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